Termina el mes de noviembre e inmediatamente las ciudades se inundan del aroma de la Navidad. Las tiendas, las calles, los autos, y el ritmo de vida de las personas se llena de un entusiasmo que solo a final de año ocurre. Con ello, las reuniones, y alguno que otro exceso, conforman el ritual anual de la navidad, cuyo verdadero origen en ocasiones se transforma en un desaforado ánimo consumista.
También es la temporada del año donde la sociedad civil culmina sus actividades, y qué mejor que hacerlo a tambor batiente: ayudando a quienes más lo necesitan. Esta temporada -que coincide con el descenso de las temperaturas en algunas comunidades- es un gran momento para dar la mano a las personas menos favorecidas, y brindar esperanza. Hay desde quienes construyen casas de emergencia, hasta quienes organizan las festividades comunitarias en zonas deprimidas. Como fuere, el significado de apoyar a los demás, brindando nuestro tiempo, presencia, o algún bien material, genera en quien lo recibe una esperanza para un mejor mañana, pero para quien lo da, una satisfacción aún mayor.
Démosle la bienvenida a la generosidad, e invitémosla a que permanezca por siempre...
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